Caminó, caminó y siguió caminando. Sus pasos retumbaban en la calle vacía y silenciosa. Ni un alma compartía con él aquellas horas, horas desiertas, horas de nadie. Tras las ventanas de los edificios casi podía sentir cómo los sueños más profundos invadían la mente de quienes, apaciblemente o no, dormían.
Miró hacia arriba. Un relámpago cruzó el cielo anaranjado, propio de las ciudades que sufren la odiosa contaminación lumínica. Trató de recordar la última vez que vió una estrella.
Pero ese recuerdo había volado de su memoria. Al igual que el recuerdo de la última vez que se sintió feliz.
Encontró por fín el lugar al que sus pasos le habían llevado, como si de un autómata se tratase. Se sentó en la barandilla del puente, las botas colgando en el vacío, la mirada perdida, la mente más lúcida que nunca.
[...]
martes, 24 de junio de 2008
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2 comentarios:
Un relato intenso. Me ha dejado muy buen sabor de boca. Nos seguiremos viendo.
Me alegro de que te haya gustado, instigador, siempre es un placer.
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